*** Escribir. ¿Qué sentido y qué significa para ti escribir? Lo has hecho siempre, o es motivo y razón de tus últimos tiempos. ¿Es una forma de vida y coetánea con él, o, es un modo de estar absorto en tu soledad?
Escribir, es un verbo, es
acción. De mis recuerdos de siempre, de mi infancia. Escribir fue para mí, una
forma de ser, de pensar, de sentir. ¿Qué por qué lo hacía? Eso no lo sé; pero
siempre lo hice. La escritura y el estilo de las grafías de mi Padre, fueron
invitación constante, por la elegancia, la belleza de sus rasgos, y ese estilo
simple y directo, fulminante con el que convocaba la idea, el concepto, sin
amago de duda alguna, objetivo, sereno.
De igual, suerte él estaba constantemente en ese
ejercicio, en su práctica. Y en refrendación de esa actitud, que era una
postura frente a la vida, estaba su palabra, grave, sonora y puntual. De tal
suerte, así la palabra hablada con la escrita, siempre me ofrecieron una
perfecta unidad, una armonía y una conexidad explícita. Dime cómo hablas y en
qué forma lo haces, y te diré quién eres; de la abundancia del corazón habla tu
boca, y la mano solo es ejecutora de ese orden, de esa postura frente al mundo.
Puedo entonces a manera de colofón, apuntar, que mi iniciación primigenia en el
ejercicio de escribir, fue por imitación. Tenía un modelo acabado frente a mí,
y me sedujo irremediablemente.
En ese mismo orden de ideas y al respecto no
abrigo duda alguna, nació un amor, una pasión inconfesa por los libros. Mi
Padre poseía una biblioteca modesta, pero selecta. Sobre su mesa de noche no
faltaban nunca cuatro o cinco libros que eran objeto de su atención y lectura.
Periódicamente y en la medida en que los iba leyendo, renovaba su tendido.
Nunca estuvieron ausentes de ese espacio tan íntimo, tan personal.
Malraux, Zweig, Camus, Romain Roland, F.G. Lorca,
Kafka, André Maurois, entre los que alcanzo a recordar. Libros hojeados,
acariciados, compañeros fieles y leales invitados de honor como antesala al
reposo, al sueño reparador. O de los fines de semana, cuando la monotonía gris
y fría de Bogotá, era una constante, con sus calles desiertas y ausentes, que
convidaban al monólogo, y yo de su mano recorría caminando ese añejo Chapinero
por la carrera trece hasta la 68, en donde en toda la esquina, imperturbable,
cercada por altos muros y puertas infranqueables, soberbia y hermosa se
destacaba la mansión señorial del presidente Eduardo Santos. Y de allí subiendo
por la misma calle 68, alcanzar la carrera once, hasta llegar a la Avenida de
Chile, calle 72, en cuyo costado occidental está, -creo que aun- la Universidad
Pedagógica; al frente, la Iglesia de La Porciúncula, donde años más tarde,
1967, se habrían de efectuar la exequias de Damian, mi Padre.
Retomando el hilo de mi memoria, seguíamos hacia
el norte por toda la carrera once; en la 73 estaba el Colegio Virrey Solís, y
más arriba sobre la carrera octava, el Colegio de La presentación. Y todo son
recuerdos tan vividos, tan nítidos, que hasta siento miedo de poder convocar
con tanta claridad, evocaciones e imágenes sin cuento, que se agolpan en mi
memoria en forma casi brutal, sin que tengan compasión, por mi nostalgia, por
mi tristeza infinita, en la que se perfilan cobijadas por las sombras del
tiempo, recuerdos y más recuerdos, de tiempos idos, irrecuperables. Solo mi
memoria está viva y aún al presente alimento esas memorias en blanco y gris y
un sepia indefinible.
Y siempre los libros y el amor por ellos, y por la
palabra hablada y escrita; y por la música, música siempre, retumbando en mis
oídos, y lo que él me enseño, y lo que aprendí de él. El paso, pausado,
cansino, con la certidumbre plena que cada paso, que cada espacio recorrido,
iba siendo ya en su compañía, el anticipo de lo que más tarde, con los años,
con mi vida, serían caminos y pasos ciertos, o como lo muestra mi historia,
pasos erráticos, deambular trashumante, entre la locura del desatino y
destellos fugaces de cordura.
De ésta suerte me atrevo a pensar, en ese
entonces, con la figura mentora de mi Padre, nació y surgió en forma natural y
espontánea, mi amor por la palabra, y por su corolario, la palabra escrita.
Entonces como ahora, ya no está Él, pero su sombra
y su recuerdo perviven en lo más hondo de mi ser, y luego de su partida
definitiva como al presente, vivo inmerso, irremediablemente, en mi soledad, en
mi silencio y en la corta, breve distancia que me separa del fin de mi camino.
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