7 de enero de 2015, sábado, 08:50 hrs.
*** Abordando otro aspecto, pero correlativo,
está la idea de un hecho capital con el que, desde antes de nacer, ya está
marcada la existencia del hombre: la muerte. Qué piensas al respecto; el final de la
vida, es algo así como una veredicto inexorable, razón última de la cual
deviene un sentimiento de profunda incertidumbre, que con los años, se troca en
miedo, en angustia. ¿Hay razón para ello?
El temor a lo desconocido, a lo imposible de
determinar, pero que se sabe existe, es, no puede generar sentimiento
diferente, miedo, angustia o bien temor. Ahora bien, hay muchas cosas
desconocidas para el ser humano, v.gr., si el mes que sigue el tiempo cambiará,
será de frío, de calor o lluvia. Si en el avión en el que debo viajar mañana,
llegaré a mi destino sin novedad; o mejor aún, si podré arribar indemne a los
cincuenta años. Cosas así mediante las cuales pretendemos auto-afianzarnos,
liberarnos de incertidumbres, en la falsa persuasión que disipando dichos
cuestionamientos, estaremos más seguros, a salvo de contingencias, de
imprevisibles. Todas esas son respuestas, sí, pero signadas con el viso de lo
transitorio, de lo efímero. Lógicamente la búsqueda afanosa durante la vida
está dirigida a encontrar respuestas que permitan sobrellevar la materialidad
de la misma. Algo así como pensar, que en la medida en que tengamos un cierto
grado de bienestar, estaremos a salvo. Visto así, es tanto como definir la vida
en términos de seguridad material.
Más todo lo anterior pese a que es natural y
aspiración razonable del individuo, no es nada más que una confrontación
parcial con la realidad. En verdad la mayoría está persuadida, que la holgura
que dan los objetos, los bienes, son garantía de cierta inmunidad frente a los
avatares del diario vivir. Nada más humano y explicable; pero en modo alguna
constituye el despeje definitivo de esa ecuación que es igualdad: vida = muerte.
*** Según lo anterior, se podría inferir que la
razón definitiva que elucida la existencia, está dada por el hecho, que con ella, la
muerte, el fin, la vida en sí misma, explica y valida la primera. Estamos
vivos, porque agotada aquélla, la muerte es su correlato insuperable, o,
invirtiendo la proposición, morimos porque alguna vez estuvimos vivos. Hay en
éste juicio, y campea en el mismo, una
impronta indudable de fatalidad insuperable. ¿Cómo se puede vivir, vale
decir, coexistiendo con ese sino dramático, con el que consciente o
inconscientemente está conectada la cotidianidad de la vida? ¿Será dable que
en dichos términos el individuo alcance lo que constituye un ideal de vida: la
felicidad?
No se trata simplemente de formular un
criterio absoluto y excluyente; en forma explícita hablo y tan solo pienso, en
relación con algo que no admite, que es una posición personal. Es más bien, me
atrevería a decir, una realidad como la luz del día o la obscuridad de la
noche. No se puede negar, menos desconocer, que hay hechos conformantes y
esenciales, inescindibles de la realidad de la vida. No es culpa mía, ese hecho
está ahí y es concreto, y por igual un ejemplo de verdadera democracia, nos
afecta a todos sin excepción. La vida transcurre en su habitualidad, para mí,
para todos, bajo ese determinismo insuperable. Esa realidad, que es verdad,
ella sí nó, absoluta, nadie ni nadie la ha podido a través de todos los
tiempos, modificar, o en caso extremo, detener.
Se cumple fatalmente y no hay que hacer.
Bajo el peso de ese gravamen el hombre ha
podido vivir. Lo soporta y está dispuesto a afrontarla cuando llegue su momento.
Ha habido culturas y grupos humanos, poseedores de completa claridad en dicho
sentido, y con todo y pese a todo, lograron ese ideal de la felicidad, así haya
sido efímero. No hay porque nó creer, que la felicidad es tan solo una quimera,
un sueño. Se debe convivir con la posibilidad de estar y sentirse plenos; de
que con pequeños o grandes logros, se puede hacer de la existencia, no vale su
temporalidad, un estadio afortunado, grato y amable, en el que el placer de
vivir, con todo lo que ello puede envolver, nos hará más humanos, más
conscientes, más generosos, y, bajo y desde esa perspectiva, dar amor y
recibirlo. Igualmente, se logrará comprender y extasiarse en ello, que la
belleza, está aquí, ahí, y en cualquier lugar o punto del universo.
Para mí en lo personal, amor y belleza, son
piedras angulares, para aproximarse a la felicidad.
Desde luego y démoslo por sentado, la
felicidad es un concepto definitivamente subjetivo; hay grados y modos de la
misma; también hay tiempos (… ¿…?...), como maneras y modos diversos de
alcanzarla.
La existencia no se puede definir como un
crucero temporario, cruel y fatal. La existencia es algo que va mucho más allá,
y que su mensura no obedece a ninguna ley ni norma de orden cuantificable.
Ella es un tránsito, y pese a todo, una
maravillosa aventura, que la vida nos concede. Somos exploradores que
aventuramos en terrenos no sospechados, tantas veces inéditos, y somos quienes,
a fin de cuentas, por darle sentido a la vida, análogamente, se lo damos a la
muerte. Y ésta es una realidad.
18 de enero de 2015, domingo, 08:46 hrs.
*** Todo el recorrido surtido hasta ahora, ha
sido enriquecedor. Diversos aspectos, desde luego sustanciales de la
existencia, se han desgranado en forma paulatina. En el punto en que nos
encontramos, dos conceptos capitales, destacan per-se: el amor y la belleza.
¿Cómo es eso del amor y la belleza? ¿Son conceptos conexos o son entidades de
la esencia, que gozan de plena
autonomía? ¿Sería posible la existencia del ser humano con prescindencia de
ellos?
Tantas formas de amor, de amar y ser amado;
de dar y recibir, para que en definitiva surja la pregunta consecuente: ¿en
verdad, qué es el amor? La pregunta nó es mía, es de la mujer y del hombre de
todos los tiempos. Destaco, es una constante atemporal. Ellas y ellos, son
quienes históricamente le han dado sentido a esa emoción o como la deseen
calificar, expresión de la esencia o del espíritu, y páginas sin cuento a más
de haber quedado escritas, ilustran de manera vívida las relaciones entre una y
otro. El amor tiene todo sentido en cuanto expresión de los más profundos y
nobles sentimientos del ser humano. Ha sido y es un medio enriquecedor, que da
aliento, que da vida, que ha impulsado e impulsa, grandes, colosales pasos en
la historia de nuestra especie. Ha sido fuente y razón de creación; de epopeyas
y gestas sin cuento; de triunfos grandiosos y derrotas; de presencias y de
ausencias trágicas; de nostalgias y olvidos; de presencias e ingratitudes
inmensas. El amor ha sido y seguirá siento hasta el término de los tiempos la razón primera y última que mueve y
enriquece al ser humano, que lo hace noble y bello, permitiéndole superar casi
sin esfuerzo, la ley de gravedad, la materialidad del mundo y de la realidad en
que vivimos.
La belleza. Es su complemento, antecedente o
consecuente. Es el barniz que le da sentido y forma a lo que nuestros sentidos
perciben, en especial la vista el tacto, el olfato. Todos los sentidos juegan,
pero los tres que convoco, poseen la particularidad privilegiada de
dimensionar, lo que acorde con el criterio Tomista, definió como, “bello es lo
que visto, agrada”. Por cuanto lo que agrada, ingresa a través del ojo,
estimulando la sensibilidad al poder tocar con las manos, con el rostro, con el
cuerpo, la piel de ella o de él, y percibir y sentir, el mandato de la sangre, del
calor que da vida.
Este objeto bello, en esas condiciones tan
peculiares, no puede ser motivo de una emoción diferente, que la del amor. No
todo lo que se ama necesariamente es bello; puede no serlo, pero la riqueza
interior aflorará entonces como un haz luminoso, que todo lo dimensionará,
enriqueciéndolo. Los atributos del ser humano que implique inmortalidad o algo
similar. Justamente por esa razón de finitud es que destaca, con luz con brillo
propio, ese sentimiento, imposible de definir, que de cualquier forma que se le
mire, es real, y es temporal. Este es precisamente el sentido de la existencia
y acogiendo su fugacidad, entenderemos aceptando, que la vida debe ser
potenciada al máximo, pues lo contrario, sería tanto como aceptar, que no se
justifica ningún esfuerzo por ser feliz y ser parte del amor.