viernes, 28 de agosto de 2015

Inquietudes del día y de siempre




7 de enero de 2015, sábado, 08:50 hrs.


***  Abordando otro aspecto, pero correlativo, está la idea de un hecho capital con el que, desde antes de nacer, ya está marcada la existencia del hombre: la muerte. Qué piensas al respecto; el final de la vida, es algo así como una veredicto inexorable, razón última de la cual deviene un sentimiento de profunda incertidumbre, que con los años, se troca en miedo, en angustia. ¿Hay razón para ello?  

El temor a lo desconocido, a lo imposible de determinar, pero que se sabe existe, es, no puede generar sentimiento diferente, miedo, angustia o bien temor. Ahora bien, hay muchas cosas desconocidas para el ser humano, v.gr., si el mes que sigue el tiempo cambiará, será de frío, de calor o lluvia. Si en el avión en el que debo viajar mañana, llegaré a mi destino sin novedad; o mejor aún, si podré arribar indemne a los cincuenta años. Cosas así mediante las cuales pretendemos auto-afianzarnos, liberarnos de incertidumbres, en la falsa persuasión que disipando dichos cuestionamientos, estaremos más seguros, a salvo de contingencias, de imprevisibles. Todas esas son respuestas, sí, pero signadas con el viso de lo transitorio, de lo efímero. Lógicamente la búsqueda afanosa durante la vida está dirigida a encontrar respuestas que permitan sobrellevar la materialidad de la misma. Algo así como pensar, que en la medida en que tengamos un cierto grado de bienestar, estaremos a salvo. Visto así, es tanto como definir la vida en términos de seguridad material.

Más todo lo anterior pese a que es natural y aspiración razonable del individuo, no es nada más que una confrontación parcial con la realidad. En verdad la mayoría está persuadida, que la holgura que dan los objetos, los bienes, son garantía de cierta inmunidad frente a los avatares del diario vivir. Nada más humano y explicable; pero en modo alguna constituye el despeje definitivo de esa ecuación que es igualdad: vida = muerte.

***  Según lo anterior, se podría inferir que la razón definitiva que elucida la existencia, está dada por el hecho, que con ella, la muerte, el fin, la vida en sí misma, explica y valida la primera. Estamos vivos, porque agotada aquélla, la muerte es su correlato insuperable, o, invirtiendo la proposición, morimos porque alguna vez estuvimos vivos. Hay en éste juicio, y campea en el mismo, una  impronta indudable de fatalidad insuperable. ¿Cómo se puede vivir, vale decir, coexistiendo con ese sino dramático, con el que consciente o inconscientemente está conectada la cotidianidad de la vida? ¿Será dable que en dichos términos el individuo alcance lo que constituye un ideal de vida: la felicidad?

No se trata simplemente de formular un criterio absoluto y excluyente; en forma explícita hablo y tan solo pienso, en relación con algo que no admite, que es una posición personal. Es más bien, me atrevería a decir, una realidad como la luz del día o la obscuridad de la noche. No se puede negar, menos desconocer, que hay hechos conformantes y esenciales, inescindibles de la realidad de la vida. No es culpa mía, ese hecho está ahí y es concreto, y por igual un ejemplo de verdadera democracia, nos afecta a todos sin excepción. La vida transcurre en su habitualidad, para mí, para todos, bajo ese determinismo insuperable. Esa realidad, que es verdad, ella sí nó, absoluta, nadie ni nadie la ha podido a través de todos los tiempos, modificar, o en caso extremo, detener.

Se cumple fatalmente y no hay que hacer.

Bajo el peso de ese gravamen el hombre ha podido vivir. Lo soporta y está dispuesto a afrontarla cuando llegue su momento. Ha habido culturas y grupos humanos, poseedores de completa claridad en dicho sentido, y con todo y pese a todo, lograron ese ideal de la felicidad, así haya sido efímero. No hay porque nó creer, que la felicidad es tan solo una quimera, un sueño. Se debe convivir con la posibilidad de estar y sentirse plenos; de que con pequeños o grandes logros, se puede hacer de la existencia, no vale su temporalidad, un estadio afortunado, grato y amable, en el que el placer de vivir, con todo lo que ello puede envolver, nos hará más humanos, más conscientes, más generosos, y, bajo y desde esa perspectiva, dar amor y recibirlo. Igualmente, se logrará comprender y extasiarse en ello, que la belleza, está aquí, ahí, y en cualquier lugar o punto del universo.

Para mí en lo personal, amor y belleza, son piedras angulares, para aproximarse a la felicidad.

Desde luego y démoslo por sentado, la felicidad es un concepto definitivamente subjetivo; hay grados y modos de la misma; también hay tiempos (… ¿…?...), como maneras y modos diversos de alcanzarla.

La existencia no se puede definir como un crucero temporario, cruel y fatal. La existencia es algo que va mucho más allá, y que su mensura no obedece a ninguna ley ni norma de orden cuantificable.

Ella es un tránsito, y pese a todo, una maravillosa aventura, que la vida nos concede. Somos exploradores que aventuramos en terrenos no sospechados, tantas veces inéditos, y somos quienes, a fin de cuentas, por darle sentido a la vida, análogamente, se lo damos a la muerte. Y ésta es una realidad.    


18 de enero de 2015, domingo, 08:46 hrs.


***  Todo el recorrido surtido hasta ahora, ha sido enriquecedor. Diversos aspectos, desde luego sustanciales de la existencia, se han desgranado en forma paulatina. En el punto en que nos encontramos, dos conceptos capitales, destacan per-se: el amor y la belleza. ¿Cómo es eso del amor y la belleza? ¿Son conceptos conexos o son entidades de la esencia, que  gozan de plena autonomía? ¿Sería posible la existencia del ser humano con prescindencia de ellos?

Tantas formas de amor, de amar y ser amado; de dar y recibir, para que en definitiva surja la pregunta consecuente: ¿en verdad, qué es el amor? La pregunta nó es mía, es de la mujer y del hombre de todos los tiempos. Destaco, es una constante atemporal. Ellas y ellos, son quienes históricamente le han dado sentido a esa emoción o como la deseen calificar, expresión de la esencia o del espíritu, y páginas sin cuento a más de haber quedado escritas, ilustran de manera vívida las relaciones entre una y otro. El amor tiene todo sentido en cuanto expresión de los más profundos y nobles sentimientos del ser humano. Ha sido y es un medio enriquecedor, que da aliento, que da vida, que ha impulsado e impulsa, grandes, colosales pasos en la historia de nuestra especie. Ha sido fuente y razón de creación; de epopeyas y gestas sin cuento; de triunfos grandiosos y derrotas; de presencias y de ausencias trágicas; de nostalgias y olvidos; de presencias e ingratitudes inmensas. El amor ha sido y seguirá siento hasta el término de los tiempos  la razón primera y última que mueve y enriquece al ser humano, que lo hace noble y bello, permitiéndole superar casi sin esfuerzo, la ley de gravedad, la materialidad del mundo y de la realidad en que vivimos.

La belleza. Es su complemento, antecedente o consecuente. Es el barniz que le da sentido y forma a lo que nuestros sentidos perciben, en especial la vista el tacto, el olfato. Todos los sentidos juegan, pero los tres que convoco, poseen la particularidad privilegiada de dimensionar, lo que acorde con el criterio Tomista, definió como, “bello es lo que visto, agrada”. Por cuanto lo que agrada, ingresa a través del ojo, estimulando la sensibilidad al poder tocar con las manos, con el rostro, con el cuerpo, la piel de ella o de él, y percibir y sentir, el mandato de la sangre, del calor que da vida.

Este objeto bello, en esas condiciones tan peculiares, no puede ser motivo de una emoción diferente, que la del amor. No todo lo que se ama necesariamente es bello; puede no serlo, pero la riqueza interior aflorará entonces como un haz luminoso, que todo lo dimensionará, enriqueciéndolo. Los atributos del ser humano que implique inmortalidad o algo similar. Justamente por esa razón de finitud es que destaca, con luz con brillo propio, ese sentimiento, imposible de definir, que de cualquier forma que se le mire, es real, y es temporal. Este es precisamente el sentido de la existencia y acogiendo su fugacidad, entenderemos aceptando, que la vida debe ser potenciada al máximo, pues lo contrario, sería tanto como aceptar, que no se justifica ningún esfuerzo por ser feliz y ser parte del amor.

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