Desgranó entonces los siguientes cinco versos, tajantes, fríos,
Flotan
muertas ahora
Ante
sus ojos,
Simulan
decir
Quieren
hablar
Intentan
parecer.
Pareciera
que la contigüidad y presencia gris, undívaga de la parca, la acompañaron en
forma constante. El manejo conciso del concepto
muerte, no era simplemente ya, una palabra, una idea generalizada; en su
razón había calado definitivamente con el sentido que el trazado de la vida, la
raya de la existencia con sus dos referentes, A – Z, principio y fin, estaba
para llegar; restaba un último impulso; la decisión ya estaba pensada hasta la
saciedad, y lo consiguiente, llevarla a la práctica. Un solo extremo pendía en
su aire, en su espacio: el cuándo.
Angustiosa,
torturante la idea, gravitaba en su yo más profundo, encarnada como tabla de
salvación. Cabría considerar que ese espectro le dio fuerza para impulsar sus
postreros días, imprimiéndole un sentido, todas las otras cosas de su vida,
estaban irremediablemente injustificadas.
Acceden
a los sueños
De
cada uno, los míos,
Los
suyos: diez mil
Espejos
a la vez,
Putas
generosas
Sirven
a dios y al diablo.
Obsesiva.
La palabra, esa expresión articulada de vida, estudiada, en su más honda
implicación como vehículo de inter-relación con el mundo exterior, había
perdido para ella todo valor, mutándose más bien en mueca muda, lanzada y
proferida por el otro, por los otros, que recorrían espacios similares al suyo;
eran solo formas, cuerpos sin voz, sin música, sin amor. El mundo de la nada ya
habitaba en ella, y pronto, muy pronto ella se convertiría en nada. Un
designio, una vocación, una compañía: el silencio.
El
apóstrofe conclusivo, la decepción rotunda, la fuga inevitable de toda ilusión,
resultan comprensibles cuando apuntó,
Me
he cansado
De
mis palabras.
Dadas
esas condiciones de vida y pensamiento, la línea del horizonte se le había
esfumado totalmente. Materia viva, huérfana de calor humano, de alma para
proseguir viviendo.
Se
las presto.
Para
el caso, es lo mismo.
Sinonimia
conceptual, ideológica. La palabra ya había perdido para ello su alcance, su
encanto y su misterio. Ya no era música ni expresión de vida; caracteres
escritos o dibujados, ausentes; todo asomo de justificación para vivir se había
perdido para ella. Era el fin ...
El anterior es un fragmento escrito por mi recientemente. Aludo en él, a un juicio crítico de la poetisa MARÍA MERCEDES CARRANZA CORONADO, nacida en Bogotá en 1945, hija del poeta EDUARDO CARRANZA, quien vivió en Madrid su niñez en donde su padre era diplomático.
MARÍA MERCEDES, fue poeta, escritora, editora, crítica literaria y activista cultural. Cuando murió contaba 58 años. Formó parte de la denominada ´Generación desencantada´y del movimiento post-nadaista entre 1970 y el 2000.
El poema a que se contrae mi escrito, "NUNCA ES TARDE", (v. MARÍA MERCEDES CARRANZA, Poesía reunida & 19 poemas en su nombre, Ed. LETRA A LETRA, pag. 74 vto.).
Dadas sus excepcionales características poéticas, el sino irremediable de su vida marcada por un profundo desengaño y soledad que la acompañó hasta el día de su muerte, cuando se suicido, pienso, su vida es constitutiva de un legado imperecedero que hace honor a la obra poética Colombiana.
Fue la creadora de la "CASA DE POESÍA SILVA", ubicada en Bogotá, modelo incomparable a nivel nacional e internacional, cultora del quehacer poético sin precedentes a nivel continental.
He dedicado largas horas al estudio y consideración de su errancia poética y mi deseo es dar a conocer la semblanza de una existencia maravillosa y trágica.
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