*** Todo el recorrido surtido hasta ahora, ha
sido enriquecedor. Diversos aspectos, desde luego sustanciales de la
existencia, se han desgranado en forma paulatina. En el punto en que nos
encontramos, dos conceptos capitales, destacan per-se: el amor y la belleza.
¿Cómo es eso del amor y la belleza? ¿Son conceptos conexos o son entidades de la
esencia, que gozan de plena autonomía?
¿Sería posible la existencia del ser humano con prescindencia de ellos?
Tantas formas de amor, de amar y ser amado;
de dar y recibir, para que en definitiva surja la pregunta consecuente: ¿en
verdad, qué es el amor? La pregunta nó es mía, es de la mujer y del hombre de
todos los tiempos.
Destaco, es una constante atemporal. Ellas y ellos, son
quienes históricamente le han dado sentido a esa emoción o como se desee calificar, expresión de la esencia o del espíritu; páginas sin cuento a más de
haber quedado escritas, ilustran de manera vívida las relaciones entre una y
otro. El amor tiene todo sentido en cuanto expresión de los más profundos y
nobles sentimientos del ser humano.
Ha sido y es un medio enriquecedor, que da
aliento, que da vida, que ha impulsado e impulsa, grandes, colosales pasos en
la historia de nuestra especie. Ha sido fuente y razón de creación; de epopeyas
y gestas sin cuento; de triunfos grandiosos y derrotas; de presencias y de
ausencias trágicas; de nostalgias y olvidos; de presencias e ingratitudes
inmensas. El amor ha sido y seguirá siento hasta el término de los tiempos la razón primera y última que mueve y
enriquece al ser humano, que lo hace noble y bello, permitiéndole superar casi
sin esfuerzo, la ley de gravedad, la materialidad del mundo y de la realidad en
que vivimos.
La belleza. Es su complemento, antecedente o
consecuente. Es el barniz que le da sentido y forma a lo que nuestros sentidos
perciben, en especial la vista el tacto, el olfato. Todos los sentidos juegan,
pero los tres que convoco, poseen la particularidad privilegiada de
dimensionar, lo que acorde con el criterio Tomista, definió como, “bello es lo
que visto, agrada”. Por cuanto lo que agrada, ingresa a través del ojo, estimulando
la sensibilidad al poder tocar con las manos, con el rostro, con el cuerpo, la
piel de ella o de él como su humor, su aliento, y percibir y sentir, el mandato
de la sangre, del calor que da vida.
Este objeto bello, en esas condiciones tan
peculiares, no puede ser motivo de una emoción diferente, que la del amor. No
todo lo que se ama necesariamente es bello; puede no serlo, pero la riqueza
interior aflorará entonces como un haz luminoso, que todo lo dimensionará,
enriqueciéndolo. Los atributos del ser humano que implique inmortalidad o algo
similar. Justamente por esa razón de finitud es que destaca, con luz con brillo
propio, ese sentimiento, imposible de definir, que de cualquier forma que se le
mire, es real, y es temporal. Este es precisamente el sentido de la existencia
y acogiendo su fugacidad, entenderemos aceptando, que la vida debe ser
potenciada al máximo, pues lo contrario, sería tanto como aceptar, que no se
justifica ningún esfuerzo por ser feliz y ser parte del amor.

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