... "Estos días con Willie me renuevan, siento otra vez mi propio cuerpo, olvidado por semanas, me palpo los pechos, las costillas, que ahora se me marcan en la piel, la cintura, los muslos gruesos, reconociéndome. Ésta soy yo, soy una mujer, tengo un nombre, me llamo Isabel, no me estoy convirtiendo en humo, no he desaparecido. Me observo en el espejo de plata de mi abuela: esta persona de ojos desolados soy yo, he vivido casi medio siglo, mi hija se está muriendo, y sin embargo todavía quiero hacer el amor. Pienso en la sólida presencia de Willie, siento que me eriza la piel y no puedo menos que sonreir ante el abismal poder del deseo, que me estremece a pesar de la tristeza y es capaz de hacer retroceder a la muerte. Cierro por instantes los ojos y recuerdo con nitidez la primera vez que dormimos juntos, el primer beso, el primer abrazo, el descubrimiento asombroso de un amor surgido cuando menos lo buscábamos, de la ternura que nos tomó por asalto cuando nos creíamos a salvo en una aventura en una sola noche, de la profunda intimidad creada desde el comienzo, como si durante toda una vida nos hubiéramos preparado para ese encuentro, de la facilidad, la calma y la confianza con que nos amamos, como las de una vieja pareja que que ha compartido mil y una noches. Y cada vez después de la pasión satisfecha y del amor renovado nos dormimos muy juntos sin importarnos donde empieza uno ni termina el otro, ni de quien son estas manos o estos pies, en tan perfecta complicidad que nos encontramos en los sueños y al otro día no sabemos quién soñó a quien, y cuando uno se mueve entre las sábanas el otro se acomoda en los ángulos y curvas, y cuando uno suspira el otro suspira y cuando el uno despierta el otro despierta también. Ven, me llama Willie, y me acerco a ese hombre que me espera en la cama, y tiritando por el frío del hospital y de la calle y de los sollozos contenidos, que se convierten en escarcha en las venas, me quito la camisa y me arrojo contra su cuerpo grande, envuelta por su abrazo hasta que entro en calor. Poco a poco los dos toamos conciencia de la respiración jadeante del otro y las caricias se hace cada vez más intensas y lentas a la medida que nos rendimos al placer. Me besa y vuelvo a sorprenderme, como cada vez en estos cuatro años, la suavidad y la frescura de su boca; me aferro a sus hombros y su cuello firmes, acaricio su espalda, beso la cavidad de sus orejas, de la horrible calavera tatuada en su brazo derecho, la línea de vellos de su vientre, y aspiro su olor sano, ese olor que siempre me excita, entregada al amor y agradecida, mientras que por las mejillas me corre un río de lágrimas inevitables, que cae sobre su pecho. Lloro de lástima por ti, hija, pero supongo que también lloro de felicidad por este amor tardío que ha venido a cambiarme la vida" ...
... Esto escribió Isabel Allende en Madrid, cuando su hija Paula entró en estado de coma. Posteriormente fallecería. En el entretanto, escribió en un cuaderno esta historia de si misma y de su familia, como de la historia reciente de Chile.
"Paula", es el nombre de esta obra; en ella, nos ofrece magistralmente su prodigioso talento narrativo, y como una esplendorosa gema, nos regala esta idea personalísima de incomparable belleza y sensibilidad, de que cómo pensaba y vivía el amor ...

... sobre el amor y acerca de el, Isabel lo dijo todo. Y la terrible paradoja frente a él, una realidad, una verdad incontrastable: la muerte ...
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