viernes, 25 de noviembre de 2016

Amor filial



           Y por amor a la memoria
            llevo sobre mi cara la cara de mi padre
                       YEHUDA AMIJAI

"  ...  En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran Tatá, que había sido la niñera de mi abuela, tenía casi cien años, y estaba medio sorda y medio ciega; dos muchachas del servicio -Emma y Teresa-; mis cinco hermanas -Maryluz, Clara, Eva, Marta, Sol-; mi mamá y una monja. El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas cosas. Lo amaba más que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá. Fue la primera discusión teológica de mi vida y la tuve con la hermanita Josefa, la monja que nos cuidaba a Sol y a mi, los hermanos menores. Si cierro los ojos puedo oír su voz recia, gruesa, enfrentada a mi voz infantil. Era una mañana luminosa y estábamos en el patio, al  sol, mirando los colibríes que venían a hacer el recorrido de las flores. De un momento a otro la hermanita me dijo:
           
           - Su papá se va a ir para el infierno.
           - ¿Por que? - le pregunté yo.
           - Porque no va misa. 
           - ¿Y yo?

- Usted va a irse para el Cielo, porque reza todas las noches conmigo.

Por las noches, mientras ella se cambiaba detrás del biombo de los unicornios, rezábamos padrenuestros y avemarías. Al final, antes de dormirnos, rezábamos el credo: "Creo en Dios Padre, Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible ..." Ella se quitaba el hábito detrás del biombo para que no le viéramos el pelo; nos había advertido que verle el pelo a una monja era pecado mortal. Yo, que entiendo las cosas bien, pero despacio, había estado todo el día imaginándome en el cielo sin mi papá, (me asomaba desde una ventana del Paraíso y lo veía a él allá abajo, pidiendo auxilio mientras se quemaba en las llamas del infierno), y esa noche, cuando ella empezó a entonar las oraciones detrás del biombo de los unicornios le dije: 

            - No voy a volver a rezar.
            - ¿Ah, no? - me retó ella. 

- No. Yo ya no me quiero ir para el cielo. a mi no me gusta el Cielo sin mi papá. Prefiero irme al infierno con él.   ...

Yo quería a mi papá con un amor que nunca volví a sentir hasta que nacieron mis hijos"  ... 

El texto anterior lo tomé, de "El olvido que seremos", de HÉCTOR ABAD FACIOLINCE, que será difícil no recordar, por desgarrador y verídico, escrito con afecto que es tanto como amor, pero con sangre.  

El 24 de agosto de 1987, CARLOS ABAD GÓMEZ, médico, escritor, defensor de causas perdidas, humanista en esencia y por definición, moría en forma violenta, víctima de las balas asesinas de las mafias que estaban enseñoreadas en todo el país, como en esta ciudad de Medellín, en la que pareciera que la primavera es su única estación. 

En uno de su bolsillos, copiado a mano, llevaba un soneto de Borges, al lado de una lista de amenazados entre los cuales también estaba él.

El poema se llama "EPITAFIO", y dice así:

                             Ya somos el olvido que seremos.
                             El polvo elemental que nos ignora
                             y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
                             todos los hombres, y que no veremos.

                            Ya somos en la tumba las dos fechas
                             del principio y el término. La caja,
                             la obscena corrupción y la mortaja,
                             los triunfos de la muerte, y las endechas.

                             No soy el insensato que se aferra 
                             al mágico sonido de su nombre. 
                             Pienso con esperanza en aquel hombre 

                             que no sabrá que fuí sobre la tierra. 
                             Bajo el indiferente azul del Cielo 
                             esta meditación es un consuelo.     

De amores y de odios está plena la vida. Para recorrer uno y otro, nuestro paso será la medida para acoger los primeros, y hacer caso omiso de los  segundos. No obstante tantas veces, estar como de un hilo pendiente, la vida.

               

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